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La evolución de las especies
Cerezas de la Sierra de BéjarDarwin escribió en 1859 su libro “El origen de las especies”. Cuando se presenta resumidamente su trabajo, suele relacionarse demasiado su teoría de la evolución con su viaje en el Beagle, el barco en el que recorrió el mundo, y con su visita a las islas Galápagos. Parece entonces como si sus conclusiones hubieran sido consecuencia exclusiva de ese viaje. Pero, si se lee el libro, resulta que la mayor parte de los fundamentos de su propuesta es un conjunto de hechos bien conocidos desde hacía tiempo, muchos de ellos cotidianos en su propia tierra, en Gran Bretaña, y en otras partes de Europa y Estados Unidos.
Cita de continuo, por ejemplo, innumerables casos de selección de ejemplares, que los criadores de ganado, los granjeros, y los agricultores venían haciendo desde siempre para mejorar su ganado, sus frutos y sus hortalizas, y los resultados obtenidos. Si hubiera escrito el libro hoy, no se le habría olvidado incluir las ganaderías de toros de lidia, cuyas características de bravura, estampa y presencia, se han ido y se van diseñando por pura selección.
Este eficaz conocimiento práctico de mejorar las especies, o de obtener variedades con las características que gustan al que se dedica a ello, resulta que se remonta a los primeros tiempos de la ganadería y de la agricultura. Lo que pasa es que el conocimiento global, conjunto, de todas esas variaciones domésticas solo era conocido en el siglo XIX por escaso número de científicos, los pocos que se dedicaron a buscar y a reunir datos sobre esas prácticas dispersas. Un criador de palomas sabía de sobra cómo había conseguido las características de las suyas y lo que tenía que seguir haciendo, pero no sabía cómo mejorar tomates, y ni si era posible, una práctica de selección habitual en muchos pueblos de la comarca de la Sierra de Béjar, por ejemplo.
Este fue el monumental trabajo de Darwin: reunir una inmensa cantidad de ejemplos, de hechos, que ponían de manifiesto que las especies variaban. Que lo que se venía creyendo de que Dios las había hecho en un principio como las vemos ahora, no era cierto, porque algunos agricultores, por ejemplo, habían conseguido manzanas de mayor tamaño, y de aspecto y color más agradables que las que daban los manzanos silvestres. Y las habían conseguido seleccionando las semillas de las mejores manzanas. Es decir, todos sabían, más o menos, que las especies evolucionan incluso en el corto intervalo de la vida de un hombre, pero nadie lo expresó en palabras tan claras hasta Darwin.
La teoría de la evolución de las especies es un monumental ejemplo de la utilidad para el conocimiento de la observación sistemática y ordenada de lo que está ante nosostros. Pero también de la necesidad de libertad para poder decirlo.
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