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El envoltorio
Por Aurora Wiggins de la Torre
Comenzó a empaquetar aquellas perlas con manos trémulas. Pensaba en él, tan lejos, tan desconocido, y el papel de envolver le huía de entre los dedos, se le caía y resbalaba, ajeno a su objetivo. A ver cómo hago, se decía, para que esto se encamine bien y entero, sin mácula ni golpe, sin estrías ni magulladuras, sano y salvo, y se presente en el lugar adonde tenga que llegar con todos sus detalles y colores, su perfume, su forma primigenia, su esencia en fin completa, tal como fue creado y concebido y no de otra manera, bien porque haya recibido choques o sacudidas y se haya movido o alterado o bien porque se haya caído de lo alto o haya sido arrojado por la borda y se haya roto o quizá estallado y hecho trizas.
Y cogió aquellas hojas de periódico primero, el montón de los babelias con las fotos arrugadas de escritores de provincias, y con ellas les dio una vuelta o dos a los objetos, mejor tres que así quedarán más amparados, y luego la cinta ancha de pegar tan fuerte alrededor, como una mordaza o una manta o un colchón que lo amortigüe y lo proteja todo. Y más tarde siguió envolviendo lo ya envuelto con cuidado, con más tiras de papel pintado, con las cuartillas aquellas sueltas donde había empezado a probar las acuarelas nuevas, remedando el verde pálido de los acebuches o el azul cárdeno del roquedal en la distancia o el color que queda en el aire cuando el sol se ha puesto y la noche comparece. Y allí fue disponiendo capas y más capas en derredor, de modo que el bulto fue haciéndose grande y fuerte y poderoso, y después puso otra vez cinta de pegar, bien tirante y ajustada, para fijar los bordes y que no quedaran flecos ni pedazos sueltos.
Agarró luego una caja grande de otra cosa que por allí había, hecha del cartón más grueso, y la rajó acá y allá y la cortó por un costado y por el otro, por el fondo y por la tapa y la adaptó con todo esmero, hasta que en su hueco cupiera el volumen que ya tenía envuelto pero que no sobrara nada, como si la caja hubiera sido hecha a la medida desde su origen para tal volumen, y el conjunto encajara cabalmente el uno en el otro como anillo en el dedo. Y aquello, aunque tarea fatigosa, estaba quedando del mejor modo, se dijo ella, y suspiró, entrecerrando la mirada mientras llamaba de nuevo a concilio a los recuerdos olvidados.
Con un papel rojo rayado terminó el producto, un embalaje pulido y distinguido, compacto, sin rebabas ni añadidos, con un acabado de primera, elegante, pulcro, aquí dentro podría ir mi corazón, acabó pensando, viajaría bien seguro y resguardado, y llegaría a puerto si supiera su destino.
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