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Camino del Agua, en Mogarraz
Ensayan las cerezas su danza de cintas coloradas mientras la antigua vereda para acceder a los huertos se adentra en el valle, que se la acaba tragando. El aire está fino, casi quieto, trufado de recuerdos que se pasean vacilantes, los robles orillados, los castaños poderosos cuajados de candelas, los olivos viejos escalando las terrazas, el agua saltando por acequias y pilones, escondida, con un murmullo en la boca de la sombra, buscando su camino.
Éste de Mogarraz no es nuevo, estuvo siempre ahí, agazapado, y recién ahora le dieron nombre nuevo y le pusieron placas y plantaron esculturas y colocaron flechas: por allí, el destino.
Quizá si Alfonso y Dora regresaran, me contaran otra vez lo del aceite o lo del vino, ante la lumbre sabios. El olor del envigado retorcido y la alta cama de hierro, con la colcha recamada, el tostón lento en la fiesta de las Nieves, embadurnado de manteca, la banda en el balcón, sobre la plaza polvorienta, el baile anochecido. Batir de corazones. Esa alegría pura, sin sentido.
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