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Con los muertos, en el cementerio de San Miguel de Béjar
Una rosa roja para Mari, otra para Sera, sobre la lápida nueva allá en el callejón, una más para Carlos, otra para Pablo, que no sé dónde para, quizá esté en otra parte, otra más para Victoria, un ramo con las flores que crecen ahora en Villa Julia para la pareja de bailarines de jota, finalmente juntos, en el patio de arriba, al sol, tras la piedra caliente en la mano de granito verde, como los ojos de ella. Los muertos, tan muertos, tantos y tan bien educados, sonrientes, cercanos, tranquilos, ocupando más y más sitio en mis días, expuestos a la vista de todos, sus nombres escritos, tu esposa, tu esposo no te olvida, tus hijos te recuerdan, tu familia te abraza, aquí yace, aquí reposa o duerme o espera o medita o aguarda o reside o descansa, y aquí mismo, encima o debajo, o al costado, las fechas, nació, y luego murió, finó, vivió tantos años, poco o mucho, puede ser que bastante, o quizá no suficiente, en verdad no tuvo tiempo de nada, apenas un aliento en la tierra, dio unos pasos y quebró su fortuna, se le fue el aire, perdió la vida, se nos quedó en los brazos, exangüe.
Los trazos firmes, algunos ya ilegibles, un poco desvaídos, borrados, las letras de plata o de bronce o de hueco, con epitafios, poemas, estrellas, cruces, signos, palabras. Y flores, tantas, artificiales o frescas, muchas flores por todos los lados, en todos los rincones, a todas las alturas, nunca imaginé que el cementerio de mi pueblo acabaría siendo el lugar más hermoso de esta ciudad arruinada. Limpio, ordenado, brillante, luminoso, mirando de frente al sol, a la nieve cuando la haya, a los profundos castaños en el monte de enfrente, a la alta sierra siempre, un lugar apacible.
Por aquí debe estar mi tío homónimo, en este pasillo lateral tan antiguo del patio de abajo, donde verdea el musgo en la sombra, me contaron que confundieron su segundo apellido y pusieron en su lápida otro que es igual que el mío, con lo que fue mi nombre cabal y completo el que quedó escrito en la piedra en lugar del suyo. Anduve, pues, muerto un cierto tiempo, no sé cuánto, hasta que descubrieron el error y corrigieron el nombre equivocado, que no era su nombre sino el mío. No me hubiera importado que ese nombre, mi nombre, siguiera ahí escrito, en esa lápida de mármol blanco, ya hubiera empezado el tiempo a hacer de las suyas, a roer las aristas de las letras finamente esculpidas, a limar las estrías, ahora leería, entre los de otros muertos, mi propio nombre de muerto bien muerto, estando vivo. Pero qué importa eso.
Los muertos, mis muertos, los tuyos, todos los muertos en fila, presentes, serenos, libres ya de miserias, finalmente sabios, sin tacha, hablándonos quedos de cuando estaban vivos, de entonces, de su tiempo de gloria, de los días dorados, de las risas que nunca acababan, de los sueños, siguiendo vivos, bien vivos, siempre al lado, calentándonos el corazón.
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Qué bonito....
El cementerio de mis antepasados, en el que nunca he estado ni conozco...
Donde tengo a quien no puedo encontrar... en alguno de estos nichos mi familia y me siento huérfana por no saber donde estan...
Les busco dedde la distancia y me dicen que no hay archivos.... y me siento llena de esos huecos como en los que ellos descansan.
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