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De cómo, sin haberlo deseado, llegué a Murcia y por qué me gustó tanto Salzillo y la fachada de la catedral
Catedral de Murcia
Los azotes de SalzilloDe cómo, sin haberlo deseado, llegué a Murcia y por qué me gustó tanto Salzillo y la fachada de la catedral y de otros sitios que visité y a los que luego me referiré.
En honor a la verdad he de reconocer que nunca me había seducido la ciudad en la que me hallaba y no podía precisar las causas de esa falta de interés. Murcia me sonaba a extensos campos de huerta y a pasos semana santeros de Salzillo, pero no podía prever que ambos asuntos en si mismos valieran una estancia turística. Dado que la playa suele ser un complemento a mi asueto vacacional, el Mar Menor o las playas de Águilas y Mazarrón no se posicionaban como un hito importante en mi agenda bajo el epígrafe de “regiones por conocer”. El azar, en cambio, nos sorprende atacándonos en los puntos más débiles y, en este caso, había guiado mis pasos cual Lazarillo hasta colocarme frente a la exuberante fachada barroca de la catedral de Murcia, obra Cadenas de piedra
Salón de baile del Casinode Jaume Bort. Pocos turistas pasean ahora frente a ella y, en cambio, el rumor de las vidas narradas a golpe de refresco brota desde las terrazas colindantes.
Acabamos de salir del Real Casino y todavía no se han disipado de mi mente sus estancias plagadas del pasado burgués de la ciudad: el salón de baile, el tocador de señoras, la galería acristalada, el recibidor neo musulmán y la biblioteca de refinado gusto decimonónico. Construido a mediados del siglo XIX por una burguesía desbordante y surgida al calor del desarrollo industrial y agrícola, el edificio no desentonaría en un Madrid o un Barcelona. Abiertas sus Peceras ricamente decoradas a la calle de Trapería, los viandantes no pueden sino admirar con cierta envidia sana a los lectores de periódicos sentados en su interior en un escaparate digno de Las Ramblas de Barcelona.
El cielo del Casino de Murcia
Galería del Casino de MurciaY miro la fachada de Bort intentando retrotraerme al siglo XVIII cuando, tras una riada del río Segura (quién lo diría hoy día), se hizo necesaria la construcción de una nueva y rica portada para la catedral gótica. Cual retablo en piedra nos recibe y deja ensimismados con los juegos de luces y sombras que el pícaro sol produce acariciando con sus rayos las superficies entrantes y salientes, en un compás medido acentuado por el uso de materiales de diferentes tonalidades. Penetro en la catedral y me llama la atención, por encima de los tesoros allí guardados, la capilla de los Chacón de puro y ornamentado estilo isabelino del siglo XV, y la excesiva pureza de sus muros. ¿Producto de una restauración exhaustiva?, me pregunto. Un cartel me advierte de que el templo sufrió un pavoroso incendio a mediados del siglo XIX, lo cual no es óbice de que no haya pasado por un lavado de cara reciente.
Teatro de Romea
Iglesia de San PedroMientras paseo por el deambulatorio, recuerdo el impacto recibido aquella mañana por los pasos y belenes de Francisco Salzillo. Si Murcia podría haber llamado en algún momento mi atención era por el noble hecho de comprobar cuál de los dos mejores escultores españoles barrocos del siglo XVIII podía ser catalogado, en mi lista de artistas, como más insigne. Y el resultado de este duelo de gubias sólo podría dirimirse ante la contemplación de sus obras in situ. De Luis Salvador Carmona, el primero en liza, no tenía más que palabras de elogio por la dulzura de sus pasos procesionales y la majestuosidad de sus retablos. El ejemplo más claro podemos admirarlo en la cercana catedral de Salamanca, donde se custodia una Piedad salida de su taller. En cuanto a Salzillo, la primera obra que vi de él en Murcia fue el San Pedro arrepentido que preside un retablo ciertamente escenográfico de la iglesia homónima. Por desgracia, al abrirse el templo en horarios de misas, mi percepción fue lejana aunque positiva. Sin embargo, donde se pueden contemplar más salzillos por metro cuadrado es en su museo. El recorrido comienza por la muestra de proyectos y esculturas de yeso y barro de obras de mayor envergadura, buena manera de adentrarse en la compleja marcha de un taller escultórico de la época. Tras este aperitivo, el visitante podrá admirar dos belenes de valor incalculable. El primero napolitano, de propiedad real, hermano del que se encuentra en el Palacio Real de Madrid, muy diferente en planteamiento y estética del segundo, de concepción murciana y salido, en su mayor parte, de la gubia de Salzillo. Ambos pueden ser considerados paradigmas de esa lucha entre el estilo externo, bien francés bien italiano, importado por la Casa de Borbón, y el estilo español que brota en contraposición del primero, como bien se puede rastrear en el barroco surgido a lo largo y ancho del reino. La guinda del pastel y traca final se despliega en torno a una capilla utilizada como sala de exposiciones de los pasos más conocidos del escultor murciano. De planta circular, las capillas abiertas en flor son utilizadas para colocar cada una de sus creaciones, en una suerte de iglesia desacralizada. No es la solución más acorde a este tipo de esculturas de gran formato, pues se hace difícil contemplarlas en todo su esplendor. La causa deviene del posicionamiento de un visitante que no puede rodear las esculturas por el marco arquitectónico y por la colocación de las piezas en altos tronos, lo que eleva el suelo de las escenas a la altura de los ojos humanos. La luz tampoco es la más adecuada, pues se plantea a base de focos que distorsionan las tonalidades y provocan sombras acentuadas y superficies demasiado iluminadas. En todo caso, fuera ya de errores expositivos, los pasos procesionales destilan humanidad. No en vano, para las escenas de la Pasión el escultor se valió de personajes anónimos de la calle como improvisados modelos. No veo apóstoles, sino
Prendimiento de Salzillomendigos y vagabundos. No veo vírgenes o santas mujeres, sino a madres y muchachas ataviadas con la ropa huertana. No veo a sayones, sino a tipos de taberna. No veo a centuriones y soldados romanos, sino a militares fracasados venidos de América o de Europa. Salzillo se alza entonces como un cronista de su época y un adelantado a la escenografía cinematográfica al ser capaz de resolver escenas de gran formato y complejidad de gestos.
Y la ciudad es mucho más: es el Museo de pintura Ramón Gaya, son las iglesias, es el convento de Santa Clara (antiguo palacio musulmán), es el Museo de Bellas Artes, es el Museo Arqueológico, por poner algunos ejemplos. Me despido de Murcia echando una última ojeada a la fachada de la catedral y pensando en lo que me habría perdido de no haber visitado la ciudad a orillas del río Segura.
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