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La cometa 47: Navidad en el PAU (Programa de actuación urbanística)
Amalia Hoya
La fiesta navideña se alargaba más de lo previsto y, por si fuera poco, no había hecho caso de su determinación de tomar solo refrescos y decidió pasarse al vino. ¿Quién es capaz de resistirse a probar un Vega Sicilia, reserva especial, un Contador o catar una copa de Les Aubaguetes 2019, el nuevo caldo del priorato? Ante semejante oferta, beber Coca-Cola habría sido un delito. Y es que este año, el balance de situación de la empresa había resultado extremadamente positivo y el consejo de administración decidió tirar la casa por la ventana y agasajar a sus directivos y al resto del personal como sin duda merecían.
Cuando por fin logró abandonar el evento, después de palmear espaldas, estrechar manos, besar y abrazar a todas las secretarias que lo consintieron y desear y repetir felices pascuas, notó las piernas flojas. Era evidente que no se encontraba en condiciones de coger el auto y arriesgarse a tropezar con algún guardia de tráfico falto de espíritu navideño que le aguase un vino tan caro.
—No importa —se dijo—, se me pasará mientras hago las compras de Navidad que me ha encargado Rita. Y miró horrorizado la lista que su esposa le había dado por la mañana. ¿Todo eso tenía que comprar? No llegaría a tiempo de recibir a los suegros, que llegaban hoy, ni a cenar con ellos. Esto último le daba igual; había comido demasiado en el banquete de la oficina y, sin embargo, su mujer no le perdonaría que no se sentara a la mesa e hiciera los honores a la familia.
Decidió que lo más rápido sería ir al centro comercial más cercano. Correteó arriba y abajo por pasillos y escaleras intentando hacer las compras apresuradamente, desesperado por las esperas en las cajas, por el gentío y obnubilado por la música machacona de los villancicos. No dejaba de sudar y, al terminar los encargos, el achispado inicial se había evaporado. Nada más salir, se dispuso a llamar a Rita para advertirla del motivo del retraso. Con las prisas, resbaló en el suelo húmedo y helado y cayó de espaldas sobre la acera golpeándose la cabeza; el montón de paquetes se desparramó en torno a él y el móvil escapó de sus manos y cayó por la boca del sumidero. Se levantó con rapidez, a pesar del estado de shock motivado por el golpe y, también, al ver que toda su vida y contactos acababan de desaparecer bajo el asfalto. Un hilillo de sangre le manaba de la sien y notaba cierto mareo; no obstante, sin importarle la posibilidad de perder el sentido, mancharse la ropa y estropear los envoltorios, se puso de rodillas y metió la mano en el hueco por donde desapareció el móvil y no lograba tantearlo; debía haber caído muy profundo. Desesperado, miró a su alrededor buscando a alguien que le permitiera usar su teléfono, pero las rachas de viento y la nevada que se avecinaba obligaban a todos a caminar deprisa, con la cabeza baja e ignorando al prójimo. Maldijo las consecuencias de la modernidad que había eliminado las cabinas telefónicas de las ciudades.
Al subir al coche se dio cuenta de la hora que era. Sus suegros habrían llegado ya y a él le quedaba un largo trecho. Rita se enfadaría muchísimo por no advertirla de lo que pasaba y, además, tampoco toleraba que sus rarezas culinarias se quedaran frías en la mesa. Le echaría una buena bronca por planificar tan mal y puede que le acusara de permanecer más rato en la oficina, animado por la presencia de la nueva secretaria a la que había convertido en su actual paranoia.
El tráfico era cada vez más intenso. Al cierre de las tiendas y a las prisas de las fechas se unió una lluvia fría y gélida que no tardó en convertirse en densos copos blancos que cubrían el parabrisas sin que los limpias dieran abasto. Apenas avanzaba rodeado de automóviles, por lo que, cada vez más nervioso y en contra de sus principios, tocó el claxon. El taxista que iba delante le miró por el retrovisor y, muy cabreado, indicó con un gesto que saltara por encima. Tenía que resignarse.
Tardó una eternidad en salir a la autovía. La caravana allí era aún peor, con el agravante de que no existía la opción de escabullirse con facilidad por salidas laterales. Miró el reloj, las 10; a este paso, le darían las 11 o más. Esperaba que a Rita no le diera por llamar a los compañeros, a los hospitales, a la policía, o se montara alguna de las historias raras que tanto le gustaban y arruinase la Navidad. Debía haberle llamado unas cien veces.
Puso la radio y no logró captar ninguna señal, solo escuchaba interferencias. Le pareció que había un no sé qué inquietante en el aire, como si el mundo se hubiera inmovilizado de repente. Bajó la ventanilla y comprobó que fuera no se oía absolutamente nada, salvo el tenue crepitar de la nieve. Los automóviles seguían sin moverse y, en la negrura de la noche, formaban una masa compacta únicamente animada por las luces rojas traseras, semejantes a ojos que le observaban.
El temporal iba en aumento, los copos caían sin cesar; si seguían así, pronto habría un palmo de nieve que imposibilitaría avanzar sin ayuda de las máquinas quitanieves. Necesitaba un teléfono con urgencia. Limpió la ventanilla e hizo bocina con las manos con el fin de ver al conductor de al lado; tal vez fuera una persona amable. Y se topó con la mirada fija y estática del otro que parecía esperar a que le hablara; sin saber por qué, le acometió un ataque de pánico y exhaló el aliento sobre el vidrio con prisas por empañarlo. Tenía que escapar de la ratonera de la autovía cuanto antes; daba igual si la salida era la adecuada.
Echaba de menos su antiguo piso en el centro de la ciudad y maldecía el momento en que Rita le convenció de que lo vendieran y se mudaran a un PAU en el norte con edificios caros recién construidos. El motivo del cambio se debió a que le acababan de ascender en el trabajo y su esposa le dijo que el nuevo estatus merecía una mejora en sus vidas. A Rita el apartamento que tenían se le quedaba pequeño, e insistía en las maravillas de vivir en una urbanización de lujo, en elegantes casas unifamiliares de dos plantas, piscina y jardín, compartiendo espacio con personas de su mismo nivel y no con vecinos viejecitos, jóvenes alquilados y tropezando con inmigrantes o turistas nada más pisar la calle.
Salió perdiendo. Antes tardaba diez o quince minutos en llegar a la oficina; ahora le llevaba una hora y, algunas veces, dos. Y los fines de semana, en vez de acudir a la biblioteca o visitar alguna exposición, tenía la obligación de compartir con los vecinos cenas, fiestas y barbacoas; aunque lo que más echaba en falta era pasear sin rumbo por la bonita ciudad que le vio nacer, mirar escaparates y tomarse unas cañas o un café en los locales de toda la vida, mientras leía el periódico sin tener que medir sus logros con los ajenos ni aguantar charlas insustanciales. A pesar de lo arrepentido que estaba, nunca se lo dijo a Rita: no quería enturbiar su felicidad. Ella era una mujer de gustos sencillos que tenía tres únicas inquietudes: el dinero; conseguir una corte de admiradores que degustasen las exquisiteces culinarias que se inventaba, si tenía el humor adecuado; y una gran devoción por la nueva religión de moda, que obligaba a machacarse el cuerpo y cuyo objetivo no era alcanzar la gloria, sino conseguir músculos de levantador de pesas. De hecho, lo primero que hizo fue apuntarse al gimnasio y adquirir un bono en el instituto de belleza, los dos únicos establecimientos que, de momento, había en el PAU. Por supuesto, siempre acompañada de sus nuevas amigas y vecinas, con las que luego compartía desayunos que aprovechaban para mostrarse las últimas compras, ponerse al día de cotilleos varios o criticar sin piedad al servicio doméstico. Rita completaba sus ejercicios, casi espirituales, haciendo footing a diario por lugares que fueron un bosque frondoso y que, recientemente, habían reconvertido en amplias avenidas salpicadas de árboles que tardarían una eternidad en crecer. Eso sí, en el PAU todo era muy lujoso. Otro nivel.
La caravana se ponía en marcha. Dejó a un lado los pensamientos y volvió a conectar el encendido que había apagado con el fin de ahorrar combustible. Se sentía completamente helado. El agónico trayecto duró otra hora más y, por fin, divisó el cartel que indicaba la salida a la urbanización. Dio un volantazo y entró allí a punto de derrapar, extrañado de no recibir ningún bocinazo a pesar de la rudeza de la maniobra. Mejor, ya faltaba poco.
Aunque la nevada remitía, apenas veía más allá del radio que iluminaban los faros. Resultaba imposible saber dónde se encontraba; los chalés eran todos iguales, con los mismos árboles navideños en la entrada, y otros carecían de luces al no estar habitados. Se había perdido en la oscuridad y en el conjunto de edificios absolutamente idénticos. Sin embargo, la ruta que había seguido era correcta: primero dejó atrás la rotonda, luego tres calles a la izquierda y, por último, un giro a la derecha. Su casa tenía que ser la tercera de la fila.
Bajó del auto, y sus piernas se hundieron en la nieve hasta la rodilla. Rita le regañaría por estropear los carísimos zapatos que le obligó a ponerse para la fiesta. La placa en la puerta de la casita atestiguaba que no vivía allí; aun así, tocó el timbre, a sabiendas de que haría el ridículo preguntando, pero al menos le orientarían. Nadie acudió a la llamada. Asombrado, fisgó entre los visillos y no lograba ver más que parte de un sofá. Tenía que haber alguien, seguro. A lo mejor no abrían porque se sentirían muertos de miedo. ¿Quién podía aventurarse por allí en semejante noche? Empezó a tiritar, no solo a causa del frío por no llevar la ropa adecuada, sino porque le aterraba la reacción de Rita. Su mujer llevaba fatal no controlar las situaciones ni saber a qué atenerse, algo que le ponía al borde del ataque de nervios. Eso suponiendo que no llamase a la policía temiendo un accidente, lo que hubiese sido preferible a que inventase que tenía un lío con la secretaria, teniendo en cuenta cómo las gastaba su querida esposa.
Acostumbrado a usar la linterna del móvil, no había previsto llevar una de repuesto en la guantera; así que se subió en un poyete, a riesgo de caerse otra vez, y leyó la placa; calle Pinares, indicaba. La suya se llamaba Cipreses. Todas las avenidas tenían nombres de árboles, quizá con el deseo de compensar los que habían talado. Volvió al coche y puso el GPS. No funcionaba; la pantalla tenía el mismo color oscuro que lo rodeaba todo. Increíble, sin móvil, sin GPS y perdido en la simetría perfecta de un lugar solitario en el que era incapaz de encontrar su casa.
Siguió a la calle de al lado y, a duras penas, distinguió que se denominaba Olmos. Tal vez, el cabronazo del arquitecto que había parido aquel engendro había puesto los nombres por orden alfabético; si era así, la suya debía quedar varias calles más allá, justo al otro extremo. Fue hacia allí y todavía tuvo que apearse dos veces más con el fin de hacer comprobaciones. Efectivamente, las avenidas avanzaban en orden alfabético.
Cuando al fin llegó a la calle de los Cipreses, no podía creerlo. Aparcó y bajó cargado con los paquetes, calado hasta los huesos y con un espantoso dolor de cabeza. El sendero se había helado y estuvo a punto de caerse otra vez. Tardó en hacerse con la llave: apenas sentía los dedos ateridos, pero temía tanto la bronca que le esperaba que no se atrevía a llamar. Al entrar, vio en el vestíbulo a los suegros y a Rita; estaban de pie junto al árbol de Navidad. Le miraban muy serios, fijamente; parecían tres estatuas. De repente, Rita sonrió y avanzó hacia él con los brazos abiertos.
—¡Querido! Qué contentos estamos de verte. Nos tienes muertos de hambre, queremos cenar. Ven con nosotros.
De fondo, la voz de Mariah Carey cantaba su famoso villancico: All I want for Christmas is you.
Diciembre 2025
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