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La cometa 45: La tristeza me invade
Amalia Hoya
Tal vez el título de este artículo resulte poco apetecible, pero es que me siento así al ver en lo que se está convirtiendo nuestro país con la ayuda de ayuntamientos, comunidades y leyes permisivas. Me parece vergonzoso que consientan que nuestros pueblos y ciudades, repletos de arte, historia y belleza, se deterioren a marchas forzadas, convirtiéndose en el parque temático de un turismo de baja calidad compuesto, al menos en parte, por jóvenes que vienen a España sin ningún interés por el arte, la cultura o por un determinado paisaje. Y que, a menudo, apenas salen del hotel de la ciudad que tiene que sufrirles y de las calles aledañas repletas de bares.
La mayor parte de los visitantes juveniles, que recalan en nuestras costas, vienen con el único objetivo de desmadrarse y emborracharse hasta llegar casi al coma etílico o pelearse entre ellos como animales, ayudados por el alcohol y otras sustancias; al mismo tiempo, destruyen el mobiliario urbano, ensucian las calles, degradan las playas, la naturaleza y estropean el paisaje con desnudos o disfraces demenciales haciendo gala de un feísmo y mal gusto que raya en lo vomitivo.
Mi pregunta es para los dirigentes que alardean de los grandes ingresos que el turismo aporta a nuestro país, porque me parece que lo que se fomenta es un turismo barato de pésima calidad. ¿Realmente nos compensa económicamente convertir nuestras costas y pueblos en el feudo de mostrencos capaces de hacer barbaridades que jamás harían ni les tolerarían en su país de origen? Y todo se limita a conseguir que cada uno de
estos individuos e individuas gasten la cifra desorbitada de 300 o 400 euros por cuatro o cinco días de vacaciones salvajes.
Los únicos que se lucran de verdad son los propietarios de los bares, que pueden hacer 1500 euros de caja, en pocas horas. A esto hay que añadir que son los mismos propietarios, en su mayor parte extranjeros, los que, por su propio interés, atraen a la chusma compatriota con el señuelo de que España es un país donde a los turistas se les permite cuanto se le antoje y las autoridades hacen la vista gorda.
Después de desmantelar la industria, la agricultura, el comercio y los negocios importantes, lo único que nos queda es convertirnos en un parque de atracciones, tolerar lo que nos venga de Europa y de cualquier lugar del mundo y lograr cantidades irrisorias que, a lo mejor, se utilizan para limpiar la basura que dejan.
Y qué decir del escándalo de los pisos turísticos, la mayoría propiedad de fondos de inversión; de extranjeros que blanquean dinero y se comen a bocados barrios en otro tiempo elegantes, con solera y ahora les van cambiando el paisaje y el paisanaje; a los que hay que añadir más pájaros codiciosos de obtener beneficios a cualquier precio. Esta ambición desmedida es aceptada y tolerada por nuestras autoridades con el pretexto de recabar fondos y, según ellos, mejorar la economía y disminuir el paro, algo que dudo.
Comoquiera que sea, lo cierto es que están convirtiendo el centro de las ciudades en el “paraíso” del espantoso turismo de masas que, desgraciadamente, invaden los rincones del planeta. A los vecinos habituales de estas zonas, algunos inquilinos de renta baja y personas mayores, se les echa de sus casas con métodos poco ortodoxos que bordean la ley; hartándoles infinitamente con el ruido insoportable de cientos de maletas, que se arrastran por los adoquines como nueva plaga de langosta y, en ocasiones, ellos mismos deciden irse con el deseo de evitar, hasta altas horas de la madrugada, juergas y peleas de borrachos en los bares cercanos e, incluso en el mismo edificio que habitan; sin contar que al salir de sus casas, deben esquivar la basura, los cascos de botellas y vasos rotos o los vómitos que los turistas elegantes les ha dejado en el portal o en el descansillo de la escalera, si no quieren romperse la cabeza.
Al desplazamiento del centro de sus antiguos habitantes ayuda el hecho de que las pequeñas tiendas también desaparecen. Algunas veces porque los tenderos se jubilan y no hay continuidad en el negocio; pero en muchas ocasiones, el propietario del local, que no es la misma persona que regentaba la tienda, ve el cielo abierto de que el inquilino se vaya, pues ve la posibilidad de convertir el local en un nuevo piso turístico o venderlo a
precio de oro a una de las mil franquicias, también propiedad de extranjeros.
En el lugar de este antiguo comercio, surgen restaurantes, a veces buenos, pero la mayoría de comida basura con ingredientes escasamente fiables; locutorios; gimnasios; peluquerías y manicuras que brotan a cientos; compradores de oro y, por descontado, bares y cafeterías que no duran ni un suspiro, al ser regentados por personas que ignoran, o fingen ignorar, el tipo de negocio al que estamos acostumbrados los españoles. Lo peor es que algunos nuevos negocios no dan trabajo a casi nadie, y es el cliente el que debe llevar platos y vasos a la mesa o recoger el pedido cuando griten su nombre. Las avispadas franquicias se aprovechan de que los jóvenes no conocen formas de vida ya casi en extinción y se acostumbran fácil a lo que esté de moda o se publicite en las redes sociales, por lo que les parece muy bien ejercer de camarero o comprar por internet. No se dan cuenta de que así eliminan puestos de trabajo y fomentan la ruina de los negocios pequeños, incluyendo las tiendas de moda, que desaparecerán en poco tiempo.
Me parece un gran error permitir que, con ayuda de los depredadores, desaparezca un tejido comercial tan interesante. Si necesitan comprar un tornillo, unas medias, un desodorante o lo que sea, los vecinos se ven obligados a acudir a los grandes supermercados, a veces lejos de casa, o pedirlos por internet a Amazon o a algún comerciante chino y, por desgracia, muchos de estos habitantes no tienen o no saben usar internet. Desahuciados de su hogar y de su barrio, no les queda más remedio que emigrar a la periferia, a pueblos lejanos o a urbanizaciones de edificios idénticos, rodeados de carreteras, donde todos usan el coche continuamente, incluso para comprar el pan.
Lugares inhóspitos y solitarios por la noche, en los que no hay tiendas ni escaparates que mirar, tampoco bares donde tomarse las cañas con los amigos de siempre, ni el parque o plazuela en el que solían sentarse a charlar con la gente del barrio. Lo que, a estas personas, les supone un gran deterioro de su calidad de vida.
Las ciudades-dormitorio son producto igualmente de autoridades permisivas que, en vez de subvencionar la rehabilitación del casco antiguo, prefieren dejarse querer por constructores que no se cortan en talar árboles, liquidar bosques e invadir playas que previamente han sido recalificados como terreno edificable. Mientras, el centro se desertiza, los edificios emblemáticos e históricos se derrumban y se llenan de okupas, de inmigrantes o de vendedores de droga, convirtiendo el casco antiguo en una ciudad fantasma en la que dará miedo perderse por la noche, no tardando demasiado.
No me cabe la menor de que la auténtica vida de las ciudades la proporcionan los vecinos que viven en ellas, los comercios familiares, la rehabilitación y el mantenimiento de los edificios y la conservación de las antiguas puertas y fachadas de negocios emblemáticos que las franquicias deberían tener absolutamente prohibido cambiar; pero nunca un turismo invasivo y molesto que deseo pase de moda no tardando mucho y del que solo se benefician unos pocos.
Junio 2025
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Casi totalmente de acuerdo con lo que escribe Amalia (veo contradicción en que los centros urbanos se llenen de turistas y, a la vez, de inmigrantes, okupas y narcos). Por desgracia, nuestros representantes políticos tienen la misma puñetera obsesión: todo por el turismo, esa plaga bíblica que nos ha caído, y nada o casi nada por la diversidad productiva de antaño.
José Muñoz Domínguez
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