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La cometa 44: Sobre editores y editoriales
Amalia Hoya
Hoy quiero compartir un artículo de Arturo Pérez Reverte, un escritor que me gusta mucho y no solo como escritor, sino porque no tiene pelos en la lengua al decir lo que piensa, siempre habla claro y sin miedo. Este es el motivo por el que le cae mal a mucha gente, que lo tildan de soberbio y prepotente cuando, en realidad, demuestra un valor que no todos tienen.
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Los editores y las editoriales de toda la vida hace mucho que dejaron de ser lo que eran. Ya no estamos en los tiempos de Carmen Balcells, descubridora de talentos ocultos, que acogía a los nuevos escritores como si fueran sus hijos y apostaba por ellos. Hoy día, muy pocas editoriales se arriesgan por escritores que no tengan un nombre reconocido con antelación.
Las editoriales se protegen colgando en sus páginas el letrero de que no aceptan manuscritos por estar saturados; en otros casos, ni siquiera contestan a una simple carta o propuesta editorial y, mucho menos, piden que les envíen el manuscrito para ver de qué trata y si merece la pena. Ignoran y ningunean al atrevido que ha osado perturbarles y le dan por perdido antes de valorar lo que ha escrito. A veces, le remitirán a una editorial de las llamadas bajo demanda, que ellos mismos han creado para seguir haciendo caja, pero nunca perderán el tiempo leyendo lo que escribe cualquiera, puesto que jamás publicarán a los desconocidos.
El negocio editorial es ahora solo eso, un negocio más; se trata de ganar dinero y no de descubrir nuevos talentos en un país, por otro lado, saturado de escritores que brotan como setas; aunque se dé la paradoja de que muy poca gente lea.
Las grandes editoriales prefieren apostar por lo seguro, es decir, por alguien que tiene un nombre conocido y es ya casi famoso. Les da igual que no sea un verdadero escritor, basta que sea hijo o sobrino de…; periodista; presentador de televisión; princesas de no se sabe qué pueblos; influencers, perdón, quería decir nuevas empresarias; famosos por programas televisivos delirantes o, mucho mejor, asesinos que están en la cárcel. Ya se sabe que el morbo vende solo.
Si todos ellos no han escrito jamás un libro ni saben hacerlo, no importa, la editorial se encarga de buscar a alguien anónimo que escriba más o menos bien y arme la historia correspondiente; incluso, es posible que la escriba más de uno, en cuyo caso harán listas de lo que está de moda y es woke para confeccionar una historia a la carta que no ofenda ni moleste a nadie. Nos hemos vuelto todos muy susceptibles.
El producto obtenido, que no se podrá llamar literario al carecer de calidad, obtendrá premios adjudicados de antemano, se venderá en las mesas de las librerías, de los supermercados y estaciones solo con el reclamo del nombre del supuesto autor y, eso sí, previamente publicitado hasta la saciedad en la televisión y donde haga falta. Una vez hecho el estudio de mercado, la editorial no tendrá miedo a invertir en premios y campañas publicitarias, ya que el beneficio está asegurado y la recaudación lo compensará con creces.
Tampoco les importará que, pasado muy poco tiempo, los superventas vayan al contenedor de basura, a la trituradora de papel y, por descontado, jamás pasen al acervo cultural de la literatura de prestigio, que es imperecedera y siempre permanece viva en la memoria de generaciones.
La literatura de calidad comenzó a morir en el último cuarto del siglo XX, agoniza en el XXI y desaparecerá por completo cuando la IA se adueñe de ella.
Mayo 2025
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