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La Cometa 42: Fin del misterio
Amalia Hoya
Viajera, no es lo mismo que turista, o al menos eso creía, porque desde que era una niña recorría con el dedo tierras y mares de papel, anticipando lo que iba a hacer cuando creciera y tuviera autonomía. Buscó la definición de la palabra ‘misterio’ y el diccionario respondió: es algo arcano, recóndito, reservado, oculto, de difícil acceso, que está por descubrir y no se puede comprender y explicar fácilmente. Y fue en la adolescencia cuando creció con fuerza el deseo de viajar, le daba igual si cerca o lejos, a condición de que el viaje mostrase lugares que no conociera y lograran satisfacer su curiosidad innata, siempre en busca de lo diferente.
A medida que se hacía mayor, comprendió que lo oculto y enigmático había comenzado a desaparecer con ayuda de la fotografía, el cine, la televisión y, más todavía, con los teléfonos móviles, internet y las redes sociales. Antes de que se inventaran, había ya algunos libros, especialmente los escritos por viajeros y aventureros, que revelaban secretos, espacios remotos y la forma de vida de distintas culturas del planeta; pero algunos de ellos, al menos al principio, carecían de ilustraciones o, a lo sumo, mostraban dibujos y fotos en blanco y negro de mala calidad; así que, los arcanos que descubrían precisaban del soporte de la imaginación del lector, obligado a elaborar en su mente las imágenes sugeridas por el poder de las letras.
El cine desveló lo desconocido casi por completo al mostrar, en una gran pantalla y a color, países, edificios, playas y selvas lejanas e infinidad de objetos que podían ser reales, o inexistentes y fantásticos. Sin embargo, todavía quedaban muchas incógnitas por descubrir; sobre todo para los que nunca pisaban un cine y otros que, si tenían la suerte o las ganas de leer libros, no llegaban más allá de los que impuso la escuela. Por otro lado, debía reconocer que, gracias a las películas, iba en aumento su afán de aventura.
El misterio recibió otro duro golpe con la televisión. Los televisores inundaron el planeta de forma imparable hasta alcanzar el último rincón. En todas las casas había uno y, a veces, dos y tres. Un día, la viajera descubrió por casualidad el daño que conllevaba el invento al mirar unas fotos que le parecieron terroríficas. Un mar de antenas parabólicas cubría por completo conglomerados de miles de chabolas, a las que era difícil acceder al no haber carreteras y quedar medio sepultadas en un inmenso barrizal. Se le ocurrió
pensar que, a lo peor, los habitantes de semejante lugar tampoco tendrían comida en los platos, aunque sí un televisor encendido continuamente que mostraría formas de existencia más atractivas; si a esto se añadía la posibilidad de tener un móvil con acceso a Internet, bastaría para suscitar en estos televidentes y usuarios una tensión constante, a la vez que alimentaría sueños y expectativas que, probablemente, jamás se cumplirían. La duda no les impedirá jugarse la vida con tal de comprobarlo por ellos mismos.
Tenía que darse prisa y viajar en cuanto pudiera, antes de que la tierra pareciese más pequeña al verse invadida por otra de las lacras de la actualidad: el turismo de masas. No dudaba de que había muchos viajeros con auténtico afán de conocimiento; pero, también, multitud de turistas ansiosos por ir a todas partes, con el objetivo principal de hacerse unos cuantos selfis delante de ciudades y monumentos que apenas miraban ni les importaba lo que significaban, bastaba que certificasen que habían estado allí. Luego, con ayuda del teléfono y de las redes sociales, lanzarían cientos de fotografías repetitivas y carentes de calidad, capaces de destruir cualquier enigma, al tiempo que producirían, en futuros visitantes, la triste sensación de que lo habían visto todo, antes de llegar.
Y es que estaba convencida de que un viajero de verdad se parece a los exploradores de épocas pasadas y lo que busca es conocer, aprender de otras culturas, investigar y desvelar las sorpresas personalmente, sin que le haga falta ver y compartir miles de imágenes, ni leer consejos inútiles en Google. De esta difusión ya se encargan las agencias de turismo y la televisión que lleva gratis a los hogares emplazamientos lejanos, sin moverse del sofá ni cansarse en absoluto.
Desgraciadamente, la inventiva humana no tiene fin y ha llegado el turno de la inteligencia artificial que, mal utilizada, podría ser muy peligrosa. No es ya que desvele el misterio, sino que se adueñará del mundo e, igual que un monstruo depredador, lo regurgitará reconvertido tras digerirlo. Entre otras habilidades, la IA es capaz de generar fotos tan espectaculares como falsas que fomentan en los ingenuos la envidia y el deseo de visitar lugares fabulosos que no existen. Las personas que solían inundar las redes con fotografías sin interés ahora se sentirán felices, puesto que tendrán la oportunidad de sustituirlas por otras magníficas y les dará igual que el autor verdadero sea una máquina. El empeño por llamar la atención que tienen este tipo de personas y el afán por conseguir likes y seguidores fáciles de engañar, no les deja ver el peligro que representa utilizar la IA para estas naderías, solo por presumir de una habilidad de la que carecen. Me pregunto si el engaño les hace sentirse más importantes o solo es un juego. En uno u otro caso, deberían darse cuenta de que atribuirse trabajos que no les pertenecen ni han creado, dice
poco de su propia capacidad, y la necesidad de producir asombro continuo implica falta de seguridad en uno mismo. Si lo hacen por jugar, deben comprender que en el mundo actual predominan demasiado la mentira, los bulos, las imágenes trucadas y manipuladas, y tanto engaño solo traerá incertidumbre, dudas continuas y nos hará aborrecer una realidad que empezará a parecernos insuficiente y aburrida. El único misterio serán las intenciones que esconden los personajes que controlan el planeta y a la IA.
Era el momento de exigir a los gobernantes que se den prisa en formular leyes que protejan a los ciudadanos del uso inadecuado de la IA y de la ambición de los depredadores que pretenden enriquecerse aún más. Y, sobre todo, leyes capaces de evitar que las artes, ya sean literarias, plásticas, visuales o de cualquier tipo, que siempre son el producto del esfuerzo, la inventiva y el talento de mentes privilegiadas, puedan ser plagiadas y adulteradas, en un intento por banalizar y desmitificar el arte con la pretensión de demostrar que pude hacerlo cualquiera; cuando en realidad, no es cierto y, además, es casi lo único que nos diferencia del mundo animal.
Madrid, febrero de 2025
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