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22 La Cometa: Solo palabras
Solo palabrasAmalia Hoya
Es el prefacio del nuevo libro de relatos: Inquietudes. (Pendiente de publicación)
De niña, solía mirar a la gente con una atención que no carecía de cierto disimulo: mi madre decía que era de mala educación hacerlo fijamente, y yo me empeñaba en averiguar qué o quiénes habían sido estas personas en otras vidas. Así que cada vez que viajaba en algún transporte, iba a la consulta del médico, esperaba turno en la peluquería o en alguna tienda, los rostros de los que estaban allí me sugerían enseguida fisonomías de animales, me recordaban a algún actor famoso o a los personajes de mis libros. Entonces, creía en la reencarnación: la vida era estimulante, muy corta y, por tanto, convenía repetir.
Esta observación excesiva requería ser interpretada y manifestada, lo que me resultaba fácil puesto que tenía devoción por las palabras y prefería las raras o las que no entendía lo que querían decir. En cuanto escuchaba una acepción nueva, buscaba el significado en el diccionario y, si el sonido me gustaba de manera especial, lo repetía una y otra vez hasta que dejaba de tener sentido. Coleccionaba palabras, igual que cromos, mis amigos.
Recuerdo la primera vez que pronuncié ‘ornitorrinco’: me trabé al decirla y cuando vi al animal, en un libro de ciencias, me pareció horroroso, aunque menos estrafalario que el sonido de su nombre. En cambio, en ‘abedul’, la lengua se deslizaba en la boca como quién saborea un caramelo y el ápice subía hasta lamer en el paladar el último pedacito de un supuesto dulce; si pronunciaba ‘cristal’ oía con claridad el tintineo; en ‘albornoz’, la boca envolvía a la lengua igual que la prenda el cuerpo. Y así, confundida con la ortografía, llegué a creer que ‘vate’ era un instrumento para golpear. La confusión no era tan descabellada: a fin de cuentas, los poetas, profetas y adivinos saben “golpear” la imaginación y los sentimientos.
Me apasionaban los sonidos que nombraban lugares lejanos que soñaba visitar, algún día: ‘Samoa’, ‘Java’, ‘Tombuctú’, ‘Tasmania’ ‘Kilimanjaro’; o las extrañas, como: ‘caravasar’, ‘masai’, ‘alcaraván’, ‘atarván’… y otras muy antiguas, perdidas en el olvido de diccionarios viejos y que a mí me gustaba rescatar: ‘baladí’, ‘búcaro’, ‘filibustero’… Sonidos exóticos, fascinantes que encerraban todo un mundo de posibilidades, o eso parecía.
Por supuesto, amaba y amo los libros, un entramado de voces mezcladas y entrelazadas con maestría que nos aprisionan en su red y remueven los cimientos de nuestros pensamientos y creencias. Diccionarios y atlas resultaban igualmente imprescindibles en el equipaje de la vida y el cine también debía formar parte de este bagaje fundamental.
Desde muy joven, mi familia me “adoctrinó” en el amor al cine y pronto comprendí que era el medio imprescindible para estimular la fantasía, la imaginación y, al mismo tiempo, adquirir vocabulario y conocimientos. En una película, aprendí una palabra increíble: supercalifragilisticoespialidoso. Al día siguiente, en el colegio, conté la película con gran lujo de detalles a mis compañeras de clase y me sentí orgullosa cuando pude decir la palabra extraña de un tirón y sin que se me trabara la lengua. Supongo que fui la admiración de todas. La superación de esta dura prueba, me convenció que jamás se me resistiría ningún vocablo y que había dejado atrás la dificultad de pronunciar ornitorrinco.
Y es que, en una sala de cine, las palabras se deslizan con facilidad en nuestros oídos con ayuda de las imágenes y permiten que experimentemos vivencias ajenas como si fuesen propias. En la oscuridad, se hace la luz y comprendes el verdadero significado de lo que escuchas. La diferencia que existe entre: “ser una personalidad y tener personalidad”; que “se puede quitar la vida a una persona, pero no su libertad”; y si alguien “hace una oferta que es imposible rechazar”, no quiere decir que ofrezcan un buen negocio; tampoco si te piden: “alégrame el día” significa que busquen la felicidad. Y si alguien cree “ser el rey del mundo” solo es la utopía provocada por los delirios del amor.
El cine y la literatura ayudan a apreciar el poder de la palabra, a valorar la ductilidad de la lengua, a entender sin error los dobles significados y a descubrir y a elegir con precisión el verdadero concepto que se oculta bajo su polisemia.
Ahora que soy mayor, la devoción por los sonidos que nombran sigue vigente y continúo atesorando términos nuevos: he admirado y admiro la capacidad del hombre para nombrar las cosas que hay en el mundo; me parece muy certera. Por tanto, creo en el poder de la palabra, incluso, me atrevería a decir que es mi dios pues, usada de la manera adecuada, es uno de los motores que mueve el mundo, el intelecto y los corazones.
Por supuesto, continúo fijándome en las personas que me rodean, aunque ahora extraigo conclusiones de lo que observo: soy fiel seguidora del empirismo. Sin embargo, he dejado de creer en la reencarnación y prefiero que no sea posible; la vida a veces puede ser demasiado larga y no es tan atractiva la idea de repetir.
Con la ayuda de estos estímulos es fácil inventar historias. En mi juventud, solo me las contaba a mí misma o me convertía en la cuenta cuentos de mis condiscípulas; las pobrecitas eran muy sufridas: me escuchaban embobadas y sin rechistar. Entonces me daba pereza llevar las palabras al papel, hasta que, al fin, vino en mi ayuda la informática: es tan cómodo escribir, borrar y reescribir que no tengo ya excusas para frenar el torrente de vocablos que asaltan mi imaginación.
Madrid 21 abril 2022
- En lo del mantel no había
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