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21 La Cometa: La sombra
Nosotros tras nosotros mismos escondidos.
Sería menos terrible un asesino oculto
en nuestra habitación.
Emily Dickinson
Relato incluido el libro: La sombra y otros relatos, libro de Amalia Hoya que se puede adquirir por internet y en la Librería Malú de Béjar
Ella era infiel, lo sabía desde hacía tiempo. Apenas me tendía en la cama y apagaba la luz mi sombra me abandonaba. A pesar de la oscuridad, percibía que se arrastraba sobre la alfombra y escapaba por debajo de la puerta o atravesaba la ranura de la ventana; reptaba entonces por las paredes de los edificios y, alargada por la luz de las farolas, pronto conseguía alcanzar el tejado de las casas vecinas. Oteaba desde allí la ciudad, escenario de sus experiencias futuras y, luego, se descolgaba veloz hasta la calle para adaptarse al paso de algún caminante solitario.
Acurrucado entre las sábanas, imaginaba que mi sombra se deslizaba por balcones entreabiertos y espiaba el baño de alguna muchacha hermosa; situada a espaldas de la joven, aspiraría el aroma de los cabellos, del jabón, del agua y al fin, se licuaría en el líquido perfumado y desaparecería entre los muslos de la dama.
Mi sombra sería testigo silencioso de los besos y caricias de los amantes y quizá, de febriles noches de amor; otras veces, bailaría una danza apretada en la que ir cambiando de pareja alternativamente antes de caer exhausta.; o quién sabe, a lo mejor espiaba la obra de un sabio y lograba adquirir su sabiduría. La imaginaba, también, agazapada en oscuros callejones, testigo de cualquier crimen, pero siempre, siempre, en situaciones extremas que yo jamás viviría.
Amanecía, y seguía despierto, porque me obsesionaba conocer el motivo de mi existencia. Mi sombra tenía una ductilidad y afán de conocimientos que yo jamás tendría y por eso, cansada de seguir el aburrimiento de mis pasos, cada noche buscaba nuevas experiencias y con ellas ganaba en esencia lo que a mí me robaba de apariencia.
Estos pensamientos me causaban tal terror que, cada vez que salía a la calle, caminaba de forma que las luces siempre proyectasen la sombra a mi espalda y, si en algún momento ella me precedía y se estiraba ante mí, enseguida cambiaba el rumbo, asustado de que me condujera a lugares peligrosos o inexplorados.
No tardé en darme cuenta de que ella no me seguía; aunque, otras veces, aparecía de repente y su apariencia adoptaba formas extrañas, casi monstruosas que poco o nada tenían que ver con mi propia naturaleza. Hasta que, de repente, comenzó a crecer de forma exagerada, amenazadora y, cuando me giraba para observarla, desaparecía por completo. Su autonomía era total. Era evidente que no le hacía falta mi cuerpo.
Una noche, me despertó un ruido procedente del jardín trasero de la casa, sonaba igual a la arena removida. Me asomé a la ventana y vi a mi sombra inclinada sobre la tierra; subía y bajaba con movimientos rítmicos y, cuando lo hacía, el brillo de la luna se reflejaba en una pala. Mi sombra cavaba una fosa en el jardín.
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